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CÁMARAS

25

ene
2016

1 Comentario

En CÁMARAS
EXHIBICIÓN

Por PACO GALINDO

Los odiosos ocho: Tarantino, los 70 mm y la historia del cine

Fecha 25, ene 2016 | 1 Comentario | En CÁMARAS, EXHIBICIÓN | Por PACO GALINDO

Quentin Tarantino quiere filmar la película más grande de los últimos tiempos. Un largometraje que –se ame o se odie- obligue a los analistas del Séptimo Arte a incluir una entradilla con su nombre en la próxima Enciclopedia del Cine. No lo tiene nada fácil.El invento del cinematógrafo cuenta con un siglo largo. Y,por si fuera poco, prácticamente coincide en cartelera con el veterano George Miller –que ha presentado la cuarta entrega de Mad Max-y con J.J. Abrams–que nos ha traído el séptimo capítulo de StarWars-. Así, Miller reinventa su propio universo, elevando los VFX digitales a la categoría de arte y dejando en evidencia al cine de acción más reciente. Abrams, por su parte, busca la mixtura entre nostalgia artesanal e innovación digital, con resultados algo discutibles tanto para los acérrimos seguidores de la saga como para los que confiaban en el talento del avispado realizador para su regeneración. Y Tarantino, el más arriesgado de los tres, rebusca en la Historia del Cine y recupera el sistema 70mm Ultrapanavision para presentarnos su particular octavo volumen, Los odiosos 8. Reincidiendo en un género, el western, no menos añejo y cinematográfico. Su loable pretensión: devolver a la sala de cine su categoría de espectáculo de masas.

Un capricho de Tarantino, el de los 70 mm, por el que, como niño mimado de 52 años que es, no parece que haya pagado peaje alguno en forma de concesión a sus mecenas -algo que seguramente no puede decir J.J. Abrams-. Controlando además como autor total los mínimos detalles del producto final –Miller se habrá visto obligado a delegar parte del resultado en los técnicos de postproducción-.

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EL RENACER DEL CELULOIDE Y LOS 70 MM

Por supuesto, dado el actual equipamiento de proyección de la mayoría de salas -que han enterrado para siempre el analógico-, las copias digitales en DCP’s se han distribuido de la forma habitual. Pero Tarantino ha reservado una delicatessen, la conocida como versión Roadshow. Con 17 minutos extra, incluyendo cartelas con música de Obertura e Intermedio, a la manera de las grandes superproducciones del Hollywood dorado. 10 rollos de celuloide de 70mm tal cual fue concebida para su exhibición.

Solo la Sala Phenomena de Barcelona -donde hemos tenido la oportunidad de disfrutar de la cinta- es capaz de proyectar un negativo de 70 mm en toda España. Un negativo que desde los años 70 únicamente se había utilizado puntalmente en películas como un Horizonte muy lejano (Ron Howard, 1992), Hamlet (Kenneth Branagh, 1996) o, más recientemente, The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) e Interstellar (Christopher Nolan, 2014). Pero, aquí está la gran novedad, la cámara utilizada en la filmación es la Ultra Panavisión 70, cuyo aspect ratio resultante es de 2.76:1 (el habitual es 2.35:1), un formato aún más alargado que la pantalla panorámica en la que se proyecta, por lo que hay que recurrir a unas pequeñas barras negras arriba y abajo. Títulos como El árbol de la vida (Edward Dmytryk, 1957), Ben-Hur (William Wyler, 1959), La conquista del Oeste (Ford, Hathaway, Marshall, 1962) -que utilizó también este sistema además del efímero Cinerama- y, por última vez, la epopeya histórica Kartum (BasilDearden, 1966) utilizaron semejante amplitud de cuadro.

otra camara

TARANTINO CINÉFILO

Centrándonos en la película, en la secuencia de apertura, nos encontramos un inquietante plano de un Cristo de madera, resistiendo en un paraje nevado, anunciando la entrada de una diligencia en un territorio olvidado por Dios. Y, EnnioMorricone mediante, la sensación de estar regresando a un terreno de cinefilia ya conocido–al giallo o al spaghetti-western-, al cine en estado puro, que tal vez las generaciones más jóvenes no habían disfrutado en todo su esplendor en condiciones óptimas. En apenas unos minutos Tarantino cita a La Diligencia (John Ford, 1939), de nuevo a El gran silencio (Sergio Corbucci, 1968), a aquella Ruta Suicida (Clint Eastwood, 1977) en la que un rudo detective escoltaba a una rebelde convicta por terreno hostil; nombra a la LilllyLangtry con la que soñaba el juez Roy Bean -Paul Newman en El Juez de la Horca (John Huston, 1972), Walter Brennan en El Forastero (Wyler, 1940)-, bautiza a un personaje como Marquis Warren en honor a un director de westerns de segunda. Y como no podía ser menos en Tarantino el túrmix de homenajes y guiños sigue hasta el último plano, cuadrando todo para percatarnos de que acabamos de ver un remake de La Cosa (1982) de John Carpenter (paradójicamente un director que tuvo que dedicarse al terror porque los westerns ya no estaban de moda).

Más que en otras ocasiones Tarantino se toma su tiempo, como si quisiese aprovechar cada fotograma de celuloide antes de su posible extinción, disfrutando del arte de contar una historia descabellada como esta. Esa aparente lentitud –que puede llevar a muchos espectadores al aburrimiento- esta vez no parece achacable a la labor de su montador Fred Raskin, que en Django desencadenado (Tarantino, 2012) no mostró la pericia de su predecesora Sally Menke -fallecida en 2010 y fundadora en la sombra del estilo Tarantino-.

Aquí el ritmo es deliberadamente pausado, especialmente en la primera mitad, justo antes del entreacto, donde Tarantino se dedica a jugar con la tensión, contando que su espectador está sentado en una butaca de cine y no ante un portátil más pendiente del correo electrónico minimizado en una pestaña. Creando así una sensación de amenaza constante, haciendo sonar al piano Noche de Paz mientras muestra un relato dentro de un relato -preludiando que alguien morirá cuando se apaguen las notas-, convirtiendo un tierno villancico en el perverso carillón del duelo final de La muerte tenía un precio (Sergio Leone, 1965). La segunda mitad del metraje se reserva para el Tarantino desatado, el que espera su legión de seguidores: tiroteos, casquería y juegos temporales a mansalva.

Hasta ese entreacto estamos ante western de cámara, como su adorada Río Bravo (Howard Hawks, 1959), donde los roles entre personajes se alternan, exagerando así su no menos adorada El bueno, el feo y el malo (Leone, 1966). Las expectativas sobre con cuál empatizar y a quién odiar más, se descolocan a cada nuevo giro de guion. Y en forma de cafetera envenenada aparece aquella sabia lección que daba Hitchcock a Truffaut, diferenciando entre sorpresa y suspense -cuando el espectador sabe más que los personajes acerca de la bomba colocada bajo la mesa-.

nieve

TARANTINO CINEASTA

Se está acusando a Tarantino de haber desempolvado semejante cámara Ultapanavison para encerrarse en cuatro paredes y terminar realizando una pieza de teatro filmado, ya que la grandeza de los parajes sólo puede apreciarse en puntuales momentos de la cinta. Pero en Los odiosos 8 cuando el relato se desarrolla en interiores y los personajes deliberadamente sobreactuados sueltan largos diálogos, Tarantino y su director de fotografía Robert Richardson no pierden de vista el caro juguete que tienen entre manos, utilizando la cantidad de recursos cinematográficos con los que cuentan pese a la limitación espacial.

Tarantino se enfrenta en cierto modo a un reto similar al de John Ford en La Diligencia -cuando le otorgó al western un aura mítica que hasta entonces no tenía-. En aquella, se recluía a varios personajes en un espacio minúsculo, sentados frente a frente y con John Wayne entre medio en el suelo, y debía lograr que el espectador -entonces menos habituado al lenguaje audiovisual- no notase saltos bruscos de miradas entre planos y contraplanos.

En la cabaña donde se desarrolla la trama, a menudo hay un personaje oculto al fondo del plano, al que como espectadores podemos elegir prestar leve atención, una mirada de reojo, mientras nos mantenemos atentos al discurso de quien habla en primer término. ¿Es eso teatro? Algo parecido. Pero cuando le conviene a la narración también se utiliza la distancia focal, centrándonos en lo que aparentemente interesa, sin que necesariamente debamos hacerle caso porque ya sabemos que como narrador Tarantino puede estar engañándonos. En alguna ocasión utiliza un viejo recurso de mantener enfocados al personaje en primer término y al que está al fondo, separados por una línea difusa -recurso este que ya empleó en ReservoirDogs (Tarantino, 1992) en los diálogos entre el señor Rosa y el policía torturado-. Y, por supuesto, se apoya en grandiosos primeros planos de los personajes, definitivamente inexistentes entre los recursos teatrales.

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TARANTINO VS TARANTINO

Los odiosos 8 vuelve en parte a los orígenes de Tarantino, a la narrativa de Agatha Christie, de su lejano debut. Jugando con los saltos de tiempos para hacer avanzar la acción hacia delante -asombrándonos con los interrogantes que se abren- y hacia atrás -en busca de desconcertantes respuestas-. Aunque mientras en ReservoirDogs la utilización de tiempos narrativos diferentes otorgaban un ritmo más trepidante a la narración, en Los odiosos 8 los saltos temporales marca de la casa parecen colocados para todo lo contrario. Alargan la historia, invitando a entrar en el juego o a abandonarlo definitivamente, pudiendo incluso ser una absoluta mentira, contradiciendo ahora sí a Hitchcock, que sostenía que los personajes pueden mentir pero no las imágenes.

Demuestra de alguna forma Tarantino su madurez de estilo desde los 90, cuando el chico locuaz del videoclub aún no dominaba el medio al completo y debía usar con la máxima pericia los recursos que sí controlaba. Ahí nacieron las más frescas ReservoirDogs, PulpFiction (1994) y Jackie Brown (1997). De ahí pasó a creerse un genio del Séptimo Arte y dar pie a sus películas más autocomplacientes -los Kill Bill (2003-4), DeathProof (2007)-. Y ya en la última etapa, esos sentidos homenajes al cinematógrafo que suponen Malditos Bastardos (2009) y Django desencadenado, en busca del punto de cocción para que su ego exacerbado no esconda su genialidad, alcanzando así estos Los odiosos 8. De momento, si no su mejor película (con Tarantino cada cual tiene la suya), sí en la que su reconocible estilo es utilizado con mayor sabiduría y autocontrol.

tarantino

EL WESTERN NUNCA MUERE

Con Los odiosos 8, el western resurge de sus cenizas una vez más. Un renacer que ha venido sin avisar, pero que ha ido ocupando las carteleras con títulos como Appalosa(Ed Harris, 2008), El tren de las 3:10 (James Mangold, 2007), Valor de ley (Hermanos Cohen, 2010), Deuda de Honor (Tommy Lee Jones, 2014), Slow West (John Maclean, 2015),la venidera BoneTomahawk (S. Craig Zahler, 2015) o la misma Django desencadenado. Tal vez porque como señaló Eastwood a raíz del anterior renacimiento del western en los 90 -justificado por los óscars a Bailando con lobos en 1990 y Sin perdón en 1992-, cuando se acentúan los problemas morales que ahora mismo acucian a los EE.UU., se mira hacia atrás buscando un reflejo en su corta pero intensa Historia, con tal de encontrar respuestas o purgar pecados que aún no perdonados.

Sin Perdón pudo verse como un reflejo de las revueltas raciales que tuvieron lugar en Los Ángeles en 1992 a raíz del apalizamiento policial de Rodney King (aunque el guion estaba ya escrito tiempo atrás). En la película que nos ocupa, los 8 personajes del título pueden considerarse referencia a tantos mismos pecados de los EE.UU.: el racismo, el estigma que siguen arrastrando vencedores y vencidos desde la Guerra Civil, la idolatría a héroes muertos sin seguir sus dictados, la querencia por la violencia o, especialmente, la mentira que corroe a todos, necesaria para escribir la Historia.

Y el citado ego y genialidad de Tarantino le permiten culminar la epopeya con un comentario sobre esa Historia estadounidense. Un plano final, que no describiremos aquí, pero que retrata con más cinismo que ironía pasado y actualidad de su país. Algo que ya hizo en su momento Eastwood, retratándose en el clímax de Sin Perdón con una bandera de barras y estrellas al fondo, bajo una lluvia infernal, armado hasta los dientes y con los ojos henchidos de furia.

La diferencia entre Eastwood y Tarantino es que este último prefiere la diversión de narrar por encima  de cualquier trascendencia. Nada que objetar, porque de paso también devuelve a la narración cinematográfica una frescura perdida entre tantos manuales de guion, y al mismo cine una pureza últimamente difuminada entre cálculos financieros del actual engranaje hollywoodiense.

Cinematographer ROBERT RICHARDSON on the set of THE HATEFUL EIGHT Photo: Andrew Cooper, SMPSP © 2015 The Weinstein Company. All Rights Reserved.

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Comentarios

  1. Marc Ambit

    Muy necesario que en la blogosfera haya articulistas como Paco, capaces de contar lo que nadie puede/sabe contar.
    Genial, Paco.

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